Las
empresas y empresarios azucareros en la región histórica de Cienfuegos,
1902-1920.
Autora:
Lic. Lianyi Martínez Borrego.
El
conocimiento de lo sucedido en el sector
azucarero durante la primera mitad del siglo XX es decisivo para entender el acontecer sociopolítico y
cultural del país. Esto se debe a la
notable incidencia de la producción azucarera en la sociedad cubana como
primer renglón de la economía tanto en lo social, lo político y lo cultural.
Infinidad
de trabajos editados, abordan el estudio de la industria azucarera como tema
principal o colateral. Ejemplo de ello lo constituyen los libros: Caminos para el azúcar[1],
de Oscar Zanetti Lecuona y Alejandro García Álvarez; El ingenio. Complejo económico social cubano
del azúcar[2]
de Manuel Moreno Fraginals y Del Ingenio al Central[3] por
Fe Iglesias García. Sin embargo, el campo de la historia empresarial en esta
rama de la economía cubana no cuenta con muchas investigaciones, pero sí con
varias obras de gran calidad; particularmente la de Oscar Zanetti y Alejandro
García Álvarez, acerca de la United Fruit Company y la de Oscar Pino en
relación con la intervención del capital financiero en dicha industria.
Todos los autores, en general, nos presentan obras
que contribuyen al crecimiento del patrimonio histórico cubano. No obstante,
aún hoy perduran interrogantes
en el tratamiento de cuestiones
vinculadas a la organización empresarial en la industria azucarera en las distintas
regiones históricas del país. Por lo que se hace importante el estudio de las
Empresas y empresarios
azucareros en Cienfuegos (1902-1920).
Al realizar un análisis
historiográfico se asume el criterio de que existe insuficiencia en el
tratamiento diferenciado de las empresas y empresarios azucareros a nivel
nacional y particularmente en Cienfuegos. En Cienfuegos no se
conoce hasta el momento ningún estudio que aborde con profundidad la estructura y el funcionamiento
de las empresas azucareras, así como la tipología empresarial. De igual manera
no se encuentran estudios acerca de los
empresarios de dichas organizaciones. De ahí la importancia del estudio de las
empresas y empresarios azucareros en la región histórica de Cienfuegos,
específicamente entre 1902 y 1920.
Se escoge el anterior período histórico ya que el mismo constituye
un espacio primordial dentro de la historia del sector azucarero. Con el
advenimiento de la República en 1902 se produjeron profundas transformaciones
económicas, políticas y organizativas, que reforzaron el carácter moderno[4] de la primera industria
cubana, en lo cual interviene, de manera peculiar, el imperialismo
norteamericano.
Según el criterio del
historiador Oscar Zanetti Lecuona[5], la
industria azucarera experimentó un enorme crecimiento en apenas dos décadas que
desde el punto de vista de sus factores condicionantes se pueden apreciar dos
fases bien diferenciadas. La primera de 1902 a 1913, corresponde
fundamentalmente, a las posibilidades de acceso al mercado norteamericano
abiertas por el Tratado de Reciprocidad Comercial de 1902.
La segunda comienza con el estallido de la Primera
Guerra Mundial y concluye en 1920 con el fenómeno del crack bancario. Al
estallar la crisis de postguerra, la
banca doméstica de Cuba fue llevada a la quiebra, dejando a la banca yanqui
dueña del sector crediticio y de gran número de negocios azucareros.
Específicamente en Cienfuegos se evidencia en los centrales Parque Alto,
Portugalete y Santa Catalina.
De ahí se infiere la necesidad de tener en cuenta el desarrollo
económico, político y social de Cuba y a su vez el de Cienfuegos en las
primeras dos décadas de siglo XX y realizar un estudio del desarrollo de las
empresas y empresarios azucareros en Cuba para de esta manera llegar al de
Cienfuegos que constituye nuestro objetivo en la presente investigación.
De esta manera se comprenderán los cambios
políticos y económicos que crearon las condiciones favorables a la
reanudación del crecimiento azucarero en
el período y que al mismo tiempo
conllevaron al aumento progresivo de la influencia de los intereses
norteamericanos. De ahí que sea un crecimiento también de la deformación
económica traducida en la monoproducción. De igual manera se analizarán las
características de este proceso a nivel regional.
Durante el período de ocupación militar de
los Estados Unidos en Cuba que comienza oficialmente el primero de enero de
1899 fueron dictadas un conjunto de legislaciones cuyo objetivo iba encaminado
a dar protección al capital existente en Cuba, y a crear las condiciones para
la estimulación de la penetración del capital financiero estadounidense.
En lo que respecta al azúcar, las mediadas
más importantes fueron las referidas al ferrocarril y la tierra. En este
sentido se emitió la Ley de
Ferrocarriles, que daba la autorización para construir líneas privadas, sin
otra obligación que registrarlas en la Comisión de Ferrocarriles. Además dio al
capital ya invertido en esta rama de los servicios la seguridad y estabilidad
necesarias para su desarrollo posterio. Las inversiones en tierra y el desarrollo
del latifundio lo propició la Orden No 62 sobre el Deslinde y División de
Haciendas, Hatos y Corrales,[6]
que aseguraba como su nombre lo indica el deslinde y división de los terrenos
comunales.
Otras
órdenes y leyes fueron dictadas para la creación de condiciones para adueñarse
de la economía cubana. Este proceso estuvo respaldado por los artículos de la
constitución acerca de la ley de extranjería donde se equiparaba al cubano y al
extranjero en igualdad de condiciones. Finalmente la Enmienda Platt, apéndice
constitucional, consignó la obligación de respetar todo lo que el gobierno
interventor hubiera realizado.
En 1902 se firmó el Tratado de Reciprocidad
Estados Unidos-Cuba, que concedió a las ventas cubanas de azúcar una rebaja del
20% sobre los aranceles vigentes en los Estados Unidos, y también rebajó en
pequeña medida los derechos de algunas otras mercancías. A cambio los productos
norteamericanos fueron beneficiados con un descuento del 20; 25; 30 y 40% sobre
las cifras de Cuba[7].
Las privilegiadas condiciones comerciales
creadas para la producción de azúcar propiciaron
un desarrollo desproporcionado, que absorbió los recursos disponibles
-capitales, tierras mano de obra- en detrimento de los restantes sectores
productivos del país, los cuales quedaron relegados a un relativo
estancamiento. Como resultado, continuó el carácter monoproductor de la
economía cubana hasta exhibir una eminente deformidad. Además la entrada en
vigor del tratado estimuló la afluencia a Cuba del capital norteño tanto para
el fomento de ingenios como para la adquisición de los existentes.
En la década que sucedió a la firma del
Tratado de Reciprocidad Comercial, los inversionistas de EE.UU fomentaron nueve
centrales azucareros y adquirieron otros diez, con lo cual la tercera parte del
azúcar producido en la zafra de 1913-1914 fue elaborado en fábricas de
propiedad norteamericana. Esta tendencia fue acelerada notablemente por la
coyuntura de la Primera Guerra Mundial,
que terminaría por dejar en manos estadounidenses el 60% del potencial
productivo azucarero del país[8].
Hasta el inicio de la Primera Guerra Mundial,
los centrales de la gran Antilla se habían autofinanciado. Según Oscar Pino
Santos, la mayoría de las unidades azucareras pertenecían a cubanos o españoles
afianzados en la isla. Las empresas extranjeras, sin embargo predominaban en
los ferrocarriles. En el este del país prevalecían los ferrocarriles de estadounidenses
mientras en el Oeste los de los británicos.
Con el estallido de la guerra aumentaron los
precios del azúcar y el mercado norteamericano trató de asegurarse con el
abastecimiento cubano, por tanto desde el comienzo de la contienda se
estimularon las inversiones en este sector por parte del capital financiero
norteamericano, en lo que Oscar Pino Santos calificó de “asalto a Cuba por la
oligarquía financiera yanqui” Esto llevó a que las inversiones norteamericanas
en Cuba crecieran hacia 1924/25 a mil trescientos sesenta millones de dólares.
La penetración del capital estadounidense no
solo se evidenció en la construcción de nuevos centrales, sino también en la
adquisición de los ya construidos desde el siglo anterior, o que habían sido
fundados por otros capitalistas a principios del siglo XX. Gracias a sus
enormes facilidades de capital, los empresarios norteamericanos fomentaron o
adquirieron los centrales más poderosos y productivos, de modo que poseyendo
menos de la mitad de los existentes en el año 1918 elaboraban más del 70% de la
zafra[9].
Estimulada por el alto vuelo de las
transacciones azucareras se había desarrollado la actividad de los bancos y
comerciantes banqueros en Cuba a partir de 1914. Las acciones del Banco
Nacional de Cuba, del Banco Español de
la Isla de Cuba y del Banco Mercantil Americano de Cuba, entre otros, había
servido de constante respaldo financiero a la iniciativa de la burguesía
hispano cubana, tanto para el fomento de centrales, colonias cañeras o
comercialización de azúcar, como para
urbanizaciones, empresas de servicios públicos, construcción de muelles y
almacenes, establecimientos comerciales y otros géneros de empresas. También
había iniciado sus operaciones en Cuba, desde 1915, el National City Bank of
New York[10].
Una vez finalizada la Primera Guerra Mundial fue
desactivada toda la legislación especial destinada al control de los alimentos
por parte de EEUU. En 1919 cesó el control sobre las zafras. Dicho país no
convenió la compra de la zafra siguiente y esto dio paso a una gran ola
especulativa sobre el precio del azúcar. En octubre de 1920, el precio del
dulce bajó de los 20 cts., promedio en que se habían pignorado los futuros[11].
Los montos eran insuficientes para
afrontar las obligaciones contraídas por muchos hacendados y colonos.
Las entidades financieras fueron las primeras
afectadas por la crisis. La falta de créditos de apoyo por parte de la banca
extranjera y la divulgación intencionada de su situación financiera propiciaron
el pánico que condujo finalmente a la quiebra de las entidades financieras que
no tenían el respaldo de las casas matrices en los EEUU o Canadá: la más
importante fue la del Banco Nacional de Cuba, la institución que había prestado
más dinero a la producción de dulce.
Como resultado de la crisis, se hundió la banca y el capital interno, dejando
el control del sector azucarero en manos de los bancos y de las grandes
compañías estadounidenses, que se habían introducido en el mismo debido a los
altos precios del dulce durante la guerra mundial. En síntesis, el conflicto
mundial, al acelerar el crecimiento de la industria azucarera insular, rompió sus
posibilidades de autofinanciación, provocando un desplazamiento del control de
la misma hacia el capital financiero y precipitó aún más el proceso de
concentración de la industria azucarera cubana.
Este crecimiento acelerado de la producción
azucarera en Cuba durante las primeras décadas del siglo XX, condujo a la
generalización del cultivo de la caña a escala nacional. El fenómeno favoreció un
extraordinario movimiento de creación de centrales que sucedió de manera
diferente en las distintas regiones del país. Ocurrió fundamentalmente en las
provincias de las Villas, Camagüey y Oriente; con mayor fuerza en las dos
últimas.
En el
desarrollo de dicho proceso se destaca el papel desempeñado por la empresa
monopolista (corporación, compañía o sociedad anónima) como agentes decisivos
de la dominación imperialista. Las empresas representan para, el imperialismo células, unidades
esenciales y no solo para el funcionamiento económico, sino también en la
dinámica social, ya que son las que llevan a cabo el funcionamiento de la
industria y el comercio; así como el
manejo de capitales.
Según el criterio del historiador Oscar Pino
Santos[12]
entre los años 1898 y 1913, se revela que el capital norteamericano que llegó a
Cuba en esa época procedía de grupos específicos de la burguesía monopolista
industrial norteamericana. Ya a partir de la Primera Guerra Mundial la oligarquía financiera norteamericana
comenzó a intervenir en Cuba. Es entonces que tuvo lugar el masivo fenómeno de
las inversiones norteamericana.
Se cita como pionero de la inversión directa
de capital financiero en Cuba, a Edwin Atkins. En 1883, en virtud de un
procedimiento hipotecario, obtuvo el ingenio Soledad en Cienfuegos. Su política
respondía plenamente a los intereses de la industria norteamericana. El
movimiento iniciado por Atkins se extendió a consecuencia del Arancel Mc.Kinley
de 1890[13].
Siguieron
las huellas de Atkins otros grupos financieros. El grupo de la familia
Rionda, que en 1893 se inició en los negocios bajo la firma de Tuinicú Sugar
Company, adquirió en 1899 el Francisco y en 1910 el Washington. En 1899
apareció el grupo de Hawley, que se constituyó bajo la firma Cuban American
Sugar Company, propietaria de los ingenios Mercedes y Tinguaro en Matanzas
Adquirió además una refinería en Cárdenas, entonces la única existente en Cuba.
Dicha compañía se fue organizando con la adición de nuevas propiedades, hasta
constituir en 1910 una verdadera ¨holding company¨ o empresa matriz o de
control con once millones de acciones emitidas[14].
El caso de más completa integración entre las
empresas azucareras de EE.UU en Cuba lo presenta la United Fruit Co, que venía
creciendo desde la década del ochenta del siglo XIX a base del negocio de plantaciones en
Centroamérica. Era la única firma que no descansaba en el sistema de colonos
para su aprovisionamiento de materia prima.
Por otra parte, una serie de monopolios,
distintos en su estructura y funcionamiento, llegaron a controlar por completo
la producción azucarera nacional. Las grandes inversiones de las corporaciones
financieras norteamericanas en las plantaciones azucareras cubanas,
contribuyeron de forma objetiva a acentuar el proceso de desnacionalización de
las fuerzas productivas domésticas y a la descapitalización de la burguesía
dependiente insular.Pero más allá del aspecto formal, lo más importante es la
aparición de entidades, como la Cuban American, que poseen una pluralidad de
instalaciones fabriles y que se hallan, incluso verticalmente integrados en
algunos casos-la Guantánamo Sugar Co., por ejemplo –con firmas refinadoras en
EE.UU.
No obstante, a lo largo del XIX se había ido
formando, un núcleo de propietarios cubanos de ingenios, de grandes colonias de
cañas y fincas de ganado. De esa manera se reconstruyó de forma parcial, como
clase, una burguesía agraria cubana que tendría un carácter subordinado con
relación al capital financiero. Desde la década de 1850, en el país se había
establecido un poderoso sector de la burguesía insular, con inversiones en la
industria, el comercio y las finanzas, como grupo preponderante de la sociedad
colonial.
Este sector de la burguesía
industrial-comercial, resultado de la culminación del proceso de concentración
de la propiedad, se caracterizará por poseer ingenios, con intereses muy bien
perfilados en diversos renglones de la economía, el transporte, ferrocarril o
marítimo, posesión de almacenes, bancos, entre otros, va a actuar,
independientemente de su país de origen, cubano o español, a partir de sus
fuertes vínculos con el capital extranjero, sobre todo norteamericano. Las
familias Peñalver, Zulueta, Terry, Baró, conforman las lo más representativas
de la burguesía esclavista industrial-comercial.
Al comenzar el siglo XX y aún después de
avanzado este, todavía un grupo de familias provenientes de la oligarquía
colonial española, de la segunda mitad del siglo XIX, detentaba la propiedad de
un número importante de ingenios y centrales. Destacándose así el fenómeno de
de la concentración de la propiedad de más de un central en manos de algunos
grupos familiares o sociedades anónimas. Los herederos de algunos de los
grandes comerciantes y casi siempre
tratantes de esclavos del siglo XIX, como los mencionados anteriormente,
poseían cada uno entre dos y cuatro ingenios azucareros[15].
La tendencia al agrupamiento de propiedades
azucareras en manos de una sola entidad propietaria, mercantil o familiar,
continuó manifestándose en el transcurso de los primeros veinte años del siglo.
De manera paralela a los antiguos grupos, se desarrollaron las nuevas
concentraciones de gran poder económico de capital doméstico, como los
integrados por las entidades económicas de
Gómez Mena, Falla, Aspuru, Fowler y Compañía, Domingo León y Nicolás Castaño[16].
La mayoría de esos comerciantes de la primera
mitad del siglo XX se caracterizaban por la polivalencia mercantil, sobre todo
los comerciantes portuarios. Se entiende por esto en primer lugar de ejercicio de
ambas vertientes del comercio exterior-importación y exportación- y, en segundo
lugar, la importación simultánea de
productos de distinto género.
A este superior estrato de grandes
comerciantes, correspondían sociedades que abarcaban un rango
extraordinariamente amplio de actividades mercantiles; las mismas incluían
diversos rubros de importación, la comercialización del azúcar y la refacción
y/o operación directa de centrales azucareros sin desconectar algunas
refinerías de azúcar y destilerías de mieles.
Por su
parte la región histórica de Cienfuegos, situada al sur de la antigua provincia
Santa Clara había sido la tradicional destinataria de la producción azucarera
de una amplia zona servida por ferrocarriles. Al
iniciarse la república mediatizada en 1902, Cienfuegos constituía una
importante región azucarera que heredó
23 centrales fundados en el período
colonial, a los que se añadieron dos nuevas unidades productoras: Covadonga, en
fomento desde 1901, que hizo su primera zafra en 1904-1905 y el Violeta en
1915-1916, ambos en la zona de Aguada[17]; este último para
hacer solamente tres zafras. Nunca
llegaron a estar activos a la vez los veinticinco.
En
Cienfuegos las inversiones imperialistas no encontraron grandes extensiones de
tierras libres como en las provincias de Camagüey y Oriente donde se pudieron
levantar los colosos de la industria. Esto se debe a que desde el siglo XIX la
región contaba con una infraestructura propicia para el desarrollo azucarero –ferrocarril,
almacenes, puerto–. Lo cual había
impulsado la inversión de capitales regionales en la industria y el perfeccionamiento de la experiencia
técnico-administrativa.
Al arribar el siglo XX Cienfuegos tenía una
saturación de tierras cañeras. Por tanto
las inversiones norteamericanas no contribuyeron a fomentar el desarrollo de
nuevos centrales; se limitaron a operaciones financieras, hipotecarias, de
compra-venta, control del mercado de maquinarias de repuesto, del azúcar y
otros insumos necesarios a la marcha de la industria. Solamente en 1915, se produjo
el Violeta como nuevo central establecido en Aguada, que perteneció a la Violeta
Sugar Company, presidida por Regino Truffin y cuya nacionalidad era cubana,
pero pasó en 1918 a ser norteamericana por haber adquirido el Violeta la
poderosa Compañía Cuba Cane Sugar Corporation.
Como
expresión de las condiciones y dimensiones que alcanzaba la industria
azucarera en la región de Cienfuegos se
establecieron, en este período varias empresas[18]
cuyo objeto social lo constituye la fabricación de azúcar, es decir cuya unidad
básica es el central. Se tienen referencias de un total de 31 sociedades mercantiles
dedicadas a la producción azucarera. La mayoría de ellas con domicilio social
en Cienfuegos. No obstante no se relacionan aquí las que fueron inscritas en el resto del país y realizaron sus operaciones
en la región[19]
De las
31 sociedades 13 eran tipo comanditaria o en comandita, 17 eran de tipología de
Sociedad Anónima, mientras una era de tipo Regular Colectiva. Por lo que se
aprecia que las sociedades mercantiles dedicadas a la producción azucarera
optaron por las formas más modernas de organización empresarial ya que se
inclinaron por la tipología comercial comanditaria o anónima, frente a la
regular colectiva.
Esto se
hacía con el objetivo no solo de mejorar la gestión, sino sobre todo de atraer
las inversiones necesarias para renovar la maquinaria, adquirir nuevos
terrenos, construir líneas férreas y financiar los costes de la capacidad
instalada, de manera que el proceso de producción se realizase sin que los
centrales perdiesen el control de todos los elementos del proceso de fabricación.
En cuanto al proceso de formación de
sociedades anónimas al comenzar el año 1902 no existía ninguna. Por lo tanto entre
1902 y 1920 se incrementaron en 17 y constituyendo más número que las
comanditarias. Es decir se aceleró la modernización organizativa del sector
mediante un proceso de corporativización de las sociedades y de remodelación de
las empresas como sociedades anónimas.
Tales sociedades
tuvieron como rasgos comunes la amplia diversidad de actividades
económicas, la concentración en sus manos de la propiedad industrial azucarera
y el mercado inmobiliario, la representación en suelo sureño de firmas
extranjeras y el hecho de servir como intermediarios en el comercio exterior.
Características que les permitió ofrecer servicios bancarios tales como:
pignoración, refacción, préstamos y extensión de documentos de crédito.
La mayoría de los
empresarios no se limitaban a participar en una sola empresa o sociedad, por lo
general era frecuente su participación en más de una firma mercantil, en
ocasiones como socio gerente y en otras como comanditario,
lo que les permitía tener el capital en constante movimiento, facilitándoles
obtener ganancias por distintas vías, ya fuera invirtiendo fuertes sumas de
capital en unas ocasiones o pequeñas cantidades en otras. Es decir la dispersión
de capitales fue una alternativa llevada a cabo por los empresarios con el
objetivo de asegurar y afianzar su patrimonio.
Tal
es el caso de Laureano Falla Gutiérrez que en el período estudiado tuvo participación
en seis empresas azucareras.
No obstante, no se limitó solo a los negocios azucareros En
1918 compró acciones dentro de la Compañía Cubana de Pesca. Otra de las
operaciones económicas realizadas por el santanderino fue la fundación de una
Compañía de Seguros contra accidentes de Trabajo, la llamada “Unión Agrícola
Industrial”[20].
Entre 1910 y 1929 Falla Gutiérrez fundó la planta eléctrica en Cienfuegos y
Cárdenas, que constituyeron la generación de un servicio de vital importancia
como lo es la electricidad para el desarrollo de ambas ciudades. Se
desenvolvió en otras industrias como por ejemplo la Compañía de Fibras y
Jarcias de Cárdenas. Fue vocal de la compañía The Cienfuegos, Palmira &
Cruces Electric Railway. Se vinculó a la sociedad mercantil Compañía Eléctrica Damují.
Otro ejemplo típico de la
tesis expuesta es el caso del
comerciante, banquero e industrial de origen asturiano Acisclo del Valle Blanco.
Dicho empresario aportó en calidad de
gerente 400 000 pesos a la Sociedad Suero Balbín y Valle[21] propietaria del central
San Lino desde 1915 hasta 1920. No obstante participó además en los destinos
mercantiles regionales y nacionales de varias sociedades mercantiles, como por
ejemplo en la Compañía de Hielo de Caibarién S.A. En 1918 invirtió en la
Cienfuegos Industrial S.A dedicada a la fabricación de cigarros y tabacos y en
la Compañía Hernández y Hermanos S.Co dedicada a la fabricación de hielo,
gaseosa, aguas minerales y artificiales.
Por su parte Modesto del
Valle Blanco, hermano de Acisclo, tuvo participación en tres empresas
azucareras. En la Cardona y Compañía[22], propietaria del central
Lequeitio de 1904 a 1906; participa como socio gerente, aportando la suma de 25 000 pesos. Integró la
Compañía Azucarera de Cienfuegos, la cual obtuvo por compra el central San Lino
en 1920 y la Santa Catalina S.A tenedora
del Santa Catalina.
Modesto también constituyó socio comanditario
en: Amador Bengochea S.Co con capital de 10 000 pesos, en la sociedad mercantil
Torrado y Martínez S.Co donde aportó 10 000 pesos. Participó e invirtió también
en las sociedades anónimas: Autotransportación Cienfuegos y en la Compañía
Minera de Camagüey S.A en 1917[23]. Estos últimos ejemplos
muestran que los empresarios cienfuegueros no solo invertían sus capitales en
la provincia sino en otras regiones del país.
Otro ejemplo lo constituye
Nicolás Castaño Capetillo, de origen vasco, quien entre 1900 y 1920 no solo era
propietario de los centrales San Agustín[24] y Andreíta, sino que
también invirtió en sociedades mercantiles dedicadas a las industrias
menores. Entre ellas podemos mencionar la planta de
alumbrado eléctrico A. Font y Compañía S. en C. en 1900, en Vega Capetillo y
Cía. S .en C. constituida en el mismo año y dedicada al ramo de la panadería.
Los comerciantes polivalentes
Pedro Monasterio,
Enrique Monasterio y Antonio Monasterio, los tres de origen asturiano, integraron
la sociedad Central Manuelita Compañía Azucarera S.A. Pero además invirtieron
en diferentes firmas dedicadas a la industrias mayores y menores, tal es el caso de la Compañía Eléctrica Damují S.A constituida
en el mismo año, y por último la sociedad industrial Monasterio y Cía. en 1912
dedicada a la fabricación de cal y materiales de la construcción, en esta
última aportan en total la suma de 8 000 pesos[25].
Los protagonistas de las empresas
azucareras tenían una procedencia
diversa. Entre 1902 y 1920 en la región de Cienfuegos se registraron 31
sociedades mercantiles dedicadas al azúcar, en las cuales invirtieron capitales
un total de 60 empresarios, de estos 19 eran de origen español, lo que
representa un 31,67%. Los capitalistas cubanos sumaban 18 para un 30% del
total. En tanto existían centrales en manos de capitalistas norteamericanos,
los cuales eran un total de 21, constituyendo el 35%[26]
y del 3,33% del empresariado se desconoce la procedencia.
Los
inversores estadounidenses aventajan en número a los de cualquier otra
nacionalidad. No obstante sumados los empresarios azucareros españoles y
cubanos representan el 61,67% del total, lo que demuestra una preponderancia,
del empresariado doméstico. Esto permite afirmar que a pesar de la intervención
norteamericana en Cuba y el dominio económico de este sobre la Isla, en el
desarrollo de las empresas participaron
de forma activa y preponderante, los inmigrantes hispánicos y los
cubanos radicados en la región, jugando un papel fundamental en el desarrollo
socioeconómico de la región histórica de Cienfuegos.
Los españoles constituían principalmente
emigrantes, llegados a Cuba en el último
cuarto del siglo XIX. Los orígenes de los mismos parten , generalmente de
antiguos dependientes que llegaron a establecer por cuenta propia a partir de
sus respectivas casas matrices, los cuales se convirtieron en socios
comanditarios de las entidades así surgidas.
Para analizar la importancia y solidez de las inversiones de los
industriales domésticos en Cienfuegos se debe tener en cuenta el capital
inicial aportado por ellos. De un total aproximado de 16 384 483 pesos
invertido en la industria azucarera, aportaron la
suma de 9 684 483 pesos. Los
estadounidenses participaron con poco más de 7 000 000 pesos. Lo antes planteado evidencia el dominio
del capital doméstico sobre el extranjero.
En fin, la región
cienfueguera tuvo un notable desarrollo de de la industria azucarera mostrando
una diversidad de centrales azucareros y de empresas encargadas del desarrollo
de los mismos. El desarrollo de dichas empresas se correspondía con nivel de
concentración y centralización del capital y la producción en la industria
azucarera. De ahí la importancia de la evolución de las empresas, que muestra
la evidencia de ese proceso específicamente en la región.
Notas y referencias
[1] Zanetti Lecuona, Oscar. Caminos
para el azúcar.--La Habana: Editorial Ciencias Sociales, 1987.
[2] Moreno Fraginals, Manuel. El ingenio. Complejo económico social cubano
del azúcar.--La Habana: Editorial Ciencias Sociales, 1978.
[3] Iglesias
García, Fe. Del Ingenio al Central.--
La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1999. —203p.
[4] La moderna industria azucarera cubana,
se construyó en la segunda mitad del siglo XIX. La excepcional dotación física
de Cuba y la paulatina concentración de sus exportaciones de azúcar en el
mercado de los EEUU, explican el modo en que se desarrolló la modernización de
los ingenios insulares en la segunda mitad del XIX, adoptando la gran escala
tecnológica de producción, con el objetivo de mantener condiciones de
competitividad internacional. Solo faltaba el marco institucional para liberar
su capacidad productiva, lo que proporcionó el inicio de la República y el Tratado de Reciprocidad Comercial con
los EEUU. Así las zafras iniciales de la centuria siguiente fueron como
promedio un 58% más altas que en el decenio de 1890. [Antonio Santamaría Sin azúcar no hay país. La industria
azucarera y la economía cubana (1919-1939)
Universidad de Sevilla, España, 2001 p.43]
[5] Zanetti Lecuona Oscar. El siglo que
se fue: azúcar y economía en Cuba. Temas (La Habana) (24-25): 10-22,
enero-junio de 200. p10.
[6] Valdés García, Orlando. La revolución
cubana. Premisas económicas y políticas.-- La Habana: Editorial Ciencias
Sociales, 2007 p 5
[7] Zanetti Lecuona Oscar. 1898:
comercio, reciprocidad, modernización. Temas (La Habana) (12-13) :
48-61, octubre 1997-marzo 1998 p49.
[8] Zanetti Lecuona Oscar. Ob. Cit. Pág. 49.
[9]Le
Riverend, Julio. La República,
dependencia y revolución.-- Tercera Edición.--La Habana: Editorial Ciencias
Sociales, 1971. p 151
[10] Colectivo de Autores. Ob. Cit. Pág. 133
[11]Pino Santos Oscar. Ob. Cit. Pág. 85
[12] Pino Santos Oscar. .Ob. Cit. Pág.
100.
[13]Le
Riverend, Julio. La República,
dependencia y revolución.-- Tercera Edición.--La Habana: Editorial Ciencias
Sociales, 1971. p 66.
[15] García Álvarez, Alejandro. Ob.cit p 119.
[17] Colectivo
de autores. Ob. Cit. pp147-162.
[18] Se distingue con el nombre de comerciante y
empresas individuales a todos los que sin formar sociedades se dedican a la
industria y al comercio. Están pues comprendidos en esta denominación los
industriales, los fabricantes, tengan o no establecimientos de venta, y los
fabricantes y los comerciales con establecimiento abierto, mayorista y
minorista, que ejecuten actos y
funciones de comercio.
Sin embargo las necesidades de la vida
moderna han originado un gran aumento en el consumo de mercancías y servicios,
hasta tal punto que nace la asociación. Además, y debido a que la cantidad de
fortuna de una persona no es suficiente para atender a las necesidades de la
producción esto también obliga a reunir capitales para lograr el volumen
productivo necesario, de ahí el surgimiento de las sociedades mercantiles.
[19]
AHPC Protocolos Notariales de 1900-1920.
[21] AHPC
Protocolos Notariales de José Ramón Entenza: Escritura de 8-2-1915
[22] AHPC.
Protocolos Notariales Pedro Fuxá: Escritura 201, de8-9-1906
[23] AHPC.
Protocolos Notariales Arturo López
Madrazo: Escritura de 27 -6-1917
[24] AHPC.
Protocolos Notariales José Fernández
Pellón: Escritura 1126 de 23-11-1909
[25] AHPC.
Protocolos Notariales José Fernández Pellón: Escritura de 7-5-1912.
[26] AHPC. Protocolos Notariales de
1900-1920.