La ciencia histórica presenta una constitución
científica sumamente singular dentro del campo de las ciencias sociales y
humanas. Ha sido catalogada la más difícil de definir, puesto que, para la comprensión de los
fenómenos que abarca y su interpretación requiere del auxilio de otras ciencias
y disciplinas sociales que permiten comprender los hechos históricos en su dimensión total.
La ciencia se puede definir como un
tipo de conocimiento y el resultado de éste, consistente en aplicar a un objeto
o fenómeno, las diferentes fases del método científico, elaborando teorías,
hipótesis, experimentando, y verificando, para dar validez a las teorías. La
historia probó que podía ser considerada ciencia, empleando métodos de crítica
científica y comparativa que no solo daban cuenta de lo sucedido sino que lo
analizaba y podían establecer sus relaciones causales.
La historia busca la realidad que si bien no puede ser
absoluta si puede ser lo más cercana a esta a partir de la búsqueda de fuentes
verídicas y comprobables que puedan analizarse y que formen un sistema lógico y
coherente, es decir un conocimiento histórico. Su objeto de estudio lo
constituyen los hechos o fenómenos (de
todo tipo y de toda duración) de la vida
de la humanidad, en todas sus conexiones, tanto sincrónicas (con hechos de la
misma época), como diacrónicas (con sus antecedentes y causas, y con sus
consecuencias). Citando al historiador Marc Bloch, la historia estudia la obra
de los hombres; es la ciencia de los hombres en el tiempo:
... la historia quiere aprehender a los hombres. Quien no lo logre no pasará jamás, en el mejor de los casos, de ser un obrero manual de la erudición. Allí donde huele la carne humana, sabe que está su presa[1].
En este sentido se desarrolla la labor del historiador, el cual no debe solo de captar un hecho histórico sino analizarlo y hacerlo objeto de estudio científico. Su finalidad primordial consiste en determinar qué fue lo que sucedió realmente. Como el historiador no pudo ser testigo de los acontecimientos pasados, entonces se ve en la obligación de recurrir a fuentes a partir de las inicia un trabajo lógico de razonamiento para reconstruirlos con la mayor fidelidad posible.
La primera etapa de la indagación
histórica es la búsqueda de documentos; posteriormente el historiador tiene que
clasificarlos y proceder a entenderlos y valorarlos como registros de hechos, y
para ello debe someter
las fuentes al más riguroso examen crítico en lo interno y externo. La crítica
externa de los documentos ofrece de por sí una serie de dificultades que requiere
del conocimiento de técnicas paleográficas y el conocimiento idiomático, para
poder determinar asuntos relacionados con la caligrafía, el idioma, la forma y
la fuente del documento, entre otras.
La crítica interna, cuyo propósito es
determinar las circunstancias bajo las cuales fue producido el documento,
implica la dificultad de analizar qué fue lo que el autor creyó haber observado
y la consecuente interpretación de los sucesos observados; el historiador se interroga
si el autor del documento tuvo algún incentivo para dar una falsa
representación de los hechos o si acaso se hallaba en posición que le
permitiera conocerlos.
Por ello encontramos diversas
interpretaciones y análisis, con lenguajes propios, sobre un mismo “hecho
histórico”, fruto del contenido subjetivo que todo científico, como el
historiador, plantea en su hipótesis de trabajo. Por eso decimos que la ciencia histórica es subjetiva, ya que está
atravesada por la visión, los intereses y las decisiones de los historiadores, e influidos además por la sociedad en la que viven.
A pesar de ello la objetividad
histórica es posible, al ser la historia una ciencia, sigue un método científico
y procedimientos estrictos. Además, los trabajos de los historiadores son permanentemente evaluados por otros
historiadores para determinar que dicho conocimiento histórico
sea válido de revisiones incesantes del
trabajo histórico, análisis, rectificaciones sucesivas y la acumulación de
verdades parciales.
En cuanto a la utilidad de la historia,
se relaciona en muchos casos, con la
tendencia a buscar en ella una guía para la acción, como si a través de ella se
pudiera predecir el futuro. Marc Bloch,
afirma que el valor de una investigación no se mide, al contrario de lo que
postulaban los positivistas, según su capacidad de servir a la acción, y que,
por lo tanto, este sentido pragmático de la historia no puede confundirse con
su sentido propiamente intelectual, la historia se legitima más allá de su
utilidad, en función de su rigurosidad y su capacidad de establecer relaciones
explicativas entre fenómenos para comprenderlos.
Finalmente
debe mencionarse cuál es la función que corresponde al profesional de la
historia en los tiempos actuales. El historiador debe contribuir a la creación
de una identidad, la cual favorece la unidad en la sociedad y la conciencia
colectiva. Debe ser un hombre apasionado y con sensibilidad para las cosas que
le rodean, además de la convicción y conciencia de ser. Su obra debe ser
socializada a través de libros, artículos,
conferencias, cátedras así como mediante su participación en diferentes medios
de comunicación.
Bibliografía
-Bloch, Marc. Apología para la
historia o el oficio de historiador (Digital)
- Colectivo de Autores, Introducción a
la Historia
o al oficio del historiador.
-Coutinho,
Carlos N “El Estructuralismo Histórico”. (Digital)
-http://www.revistalarazonhistorica.com
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